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Artículos

En esta sección publicamos artículos de miembros de la Asociación y de interés general sobre los Reyes Magos. Cualquier persona que desee publicar un artículo sobre los Reyes Magos sólo tiene que ponerse en contacto con nosotros a través de esta página para hacérnoslo llegar.

 

Los Reyes de verdad

(por Rafael Navas en ‘El catamarán’ de Diario de Cádiz)

6 de enero de 2013

Estaremos de acuerdo en que últimamente los hay por todas partes. A Sus Majestades de Oriente les han salido imitadores hasta debajo de las piedras. Suplantadores casi siempre bienintencionados que vuelven locos a muchos críos e inquietan a padres y madres ante preguntas infantiles muy comprometedoras. Hoy día, sí, cualquier peña, club, asociación, entidad por pequeña que sea, tiene a sus emisarios de los Reyes Magos dispuestos a dejarse las barbas o el betún por una buena causa; a saber, recaudar juguetes, dinero en metálico para ayudar a personas que lo necesitan o despertar la sonrisa de un niño o de un adulto, que eso no tiene precio.

Y después están aquellos que, la tarde noche del 5 de enero, ejercen de Reyes Magos ‘oficiales’ –“los de verdad” al decir de muchos niños– y que tienen los días anteriores una agenda más apretada, más presupuesto y atuendos más cuidados por lo general. Esta condición no implica necesariamente una mejor interpretación del papel, pues para ejercer bien de rey mago en esas circunstancias no hay más que “creerse uno que es rey mago de verdad, pues de lo contrario será difícil que quien esté delante se lo crea”. Estas últimas palabras son de José Alfonso Reimóndez, ‘Lete’, un rey mago jerezano que dirige ahora la cabalgata celestial y cuyo ejemplo deberían, deberíamos, seguir todos aquellos que hemos tenido la oportunidad de encarnar a alguno de los tres Magos de Oriente, esos personajes entrañables que, por supuesto, tuvieron que ser originarios de Andalucía porque es aquí donde más devoción se les profesa.

Pues así es. No basta con vestirse de rey mago con prendas compradas en un bazar chino, en Pepi Mayo, en Brotons, o en los mismísimos almacenes Harrod’s. Hay que creérselo. Por eso, es mucho más rey mago en estos tiempos un abuelo que lleva meses ahorrando de su maltrecha pensión para hacer hoy un regalo, por pequeño que sea, a sus nietos. A pesar de que ahora, además, ha de mantenerlos a ellos y a sus padres todo el año. O aquella madre que, sin dinero, con sus propias manos, fabrica un juguete, una prenda, o un pastel para la familia. O tantos anónimos que han trabajado semanas y semanas para reunir juguetes que hacer llegar a familias sin recursos y que el día de hoy no pasase de largo para ellas.

Hay cosas más importantes que juguetes, prendas de vestir o dulces, por supuesto. Pero un día de Reyes sin las sonrisas que proporciona cualquier detalle, por pequeño que sea, sería muy triste. No andamos muy sobrados para prescindir, también, del regalo que supone tener cada año a Melchor, Gaspar y Baltasar, portadores desde hace dos mil y pico años de un mensaje de fe, ilusión y generosidad que buena falta nos hace. Feliz Epifanía.

 

 

Un ‘angelete’ en el cielo

(por Rafael Navas, en Diario de Jerez)

1 de julio de 2007

 

Se nos fue Lete. Y no por esperado el desenlace ha sido menos amargo. Le quedaba tanto por vivir, tanto por disfrutar, tanto por compartir, tanto por crear. Lete  era una de esas personas que se pasaban la vida contagiando una sonrisa, buen humor, optimismo y, sobre todo, por encima de todo, ilusión. Porque el mundo de Lete  era un mundo mágico, un mundo de cuento en el que los malos se acababan haciendo buenos y en el que los buenos eran cada día más buenos.

Encarnaba la sencillez, sí, pero una sencillez con clase, con estilo, de la que ya apenas queda. Su buen gusto iba más allá de lo meramente estético, era un buen gusto humano. Y quienes le conocían quedaban prendados para siempre de su forma de ser. Lete, lo dejé escrito una vez en estas páginas, debería haber sido nombrado concejal de Fiestas perpetuo. Había nacido para ello. Era tal el cariño que ponía en los eventos festivos que el cargo público que una vez tuvo la oportunidad de desempeñar, por poco tiempo, le venía como anillo al dedo. Tuvo ocasión de poner en práctica algunas ideas, pocas, y en todas ellas se pudo encontrar el cariño y la ilusión del niño que vivía siempre dentro de él, desde una Feria a una cabalgata de Reyes o a una Semana Santa, entregando todo su esfuerzo para que los demás disfrutaran. Cuando una estrella nos dio a Rosa Bautista, Ismael Jordi y un servidor la oportunidad de compartir con él la dicha de ser rey mago en Jerez, y andábamos un poco despistados, se dirigió a nosotros con la naturalidad que le caracterizaba y nos dijo: “Para ser rey mago, primero hay que creérselo, sentirse rey y comportarse como un buen rey, porque si no, nunca podrás transmitir esa magia”.

Dicen que quien ha sido una vez rey mago lo es ya para toda la vida y él supo ser y comportarse como rey siempre y en todo lugar. A su lado, incluso en los momentos más difíciles de los últimos meses, se respiraba paz. Porque Lete, empeñado en demostrar que el tocino de cielo era originario de Jerez y que combinaba perfectamente con el Pedro Ximénez, era una persona muy dulce. En su compañía olía a la Navidad, a pestiños y garrapiñadas, y rara era la vez que hablando con él no se escuchaba el sonido de las campanillas. Aquellas que, como en la película Qué bello es vivir anunciaban que un nuevo ángel había logrado sus alas. Hoy, en el cielo, un nuevo ‘angelete’, simpático y dulce, ha empezado a montar un belén precioso, de figuras felices, para la próxima Navidad. Lete ya está allí, seguro, porque el ejemplo de las personas como él, dulces, entrañables y buenas como el tocino de cielo, son las que hacen que merezca la pena vivir. Un beso, gracias y hasta siempre, majestad.

 

Reyes magos y reinas magas

Por Arturo Pérez-Reverte

(XL El Semanal, 25-2-2013)

Creemos que los niños son gilipollas. Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones. Pero nos equivocamos. Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces. Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas. Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias. Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos. O más bien para nosotros. Para nuestra comodidad y sosiego.

Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer. Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán. Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia. En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales. Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: «¡Mami, mami, ese rey es una mujer!».

No pasa nada, dirán algunos, por que un rey mago, incluso los tres, sea una mujer. Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan. Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore. Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos -pura y divertida murga sana-, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino. Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo. Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquellos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.

El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones. Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar. Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago. Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: «¡Papi, ese rey con barba es una chica!».

Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas. En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto. Habrá polémica, claro. Sentido común versus matonismo ultrarradical. Acusaciones de machista intransigente a quien no trague. En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas. Todo sea por no discrepar. Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro. A ésos, que les vayan dando.

 

 

La carta

Por Rafael Padilla González

(Artículo publicado en los diarios del Grupo Joly)

La tradición de los Magos, que un año más conmemoramos, apenas se reduce hoy a fiesta infantil, a una oportunidad planificada de premiar con regalos la inocencia de los críos, guardianes últimos de esa ilusión que los demás en mala hora perdimos. Poco queda de su verdadero sentido, convertida ya en simple costumbre social, envilecida, incluso, por quienes encuentran en ella inmejorable ocasión para el negocio y alientan una desmesura a la que todos gozosamente contribuimos. Y, sin embargo, bajo la epidermis de su falsa intrascendencia, subsisten símbolos, algunos evidentes y otros no tanto, que insisten en recordarnos los orígenes de una leyenda cuya riqueza merecería mejor fortuna.
Quiero fijarme en dos. Los juguetes que en este día se obsequian, vienen a representar el oro, el incienso y la mirra que los Magos ofrecieron al Jesús recién nacido. A ellos se refiere san Mateo, el único evangelista que recoge el hecho de la Adoración. No me voy a detener –por sabido– en el significado que se le atribuye a cada uno de esos dones. Pero sí en la extraña noticia que, sobre su procedencia, aportan ciertos escritos apócrifos. El texto básico sería el llamado “Libro de la caverna de los tesoros”, la narración oriental más antigua del viaje de los Magos. Allí se indica que fue Adán, después de su caída, el que los depositó en el monte de las Victorias, pasando de generación en generación hasta que, de acuerdo con las instrucciones dadas a su hijo Set, llegan a Belén y se ofrendan al Mesías. El propio “Libro de Set”, la “Crónica de Zuqnin” o los manuscritos gnósticos descubiertos en Nag-Hammadi –especialmente el que lleva por título “Revelaciones de Adán a su hijo Set”– corroboran tal versión.
Entronca, además, con un segundo elemento recurrente en el rito de los Reyes. Me refiero a la carta que siempre se les dirige, como si su magia necesitara de advertencias. Muy al contrario de lo que pudiera parecer, no es cosa moderna o pueril; ni por supuesto ajena a los viejos relatos. Según el “Evangelio armenio de la infancia”, también apócrifo, fue precisamente una carta, escrita, firmada y sellada de la misma mano del Señor, entregada a Adán y custodiada durante siglos, la que advirtió a los Magos de la venida del Salvador. Melkon se la presenta al Niño diciéndole: “Toma este documento que tú escribiste. Ábrelo y léelo, pues está a tu nombre”. En él se contiene, redactado en prosa bellísima, el pacto de reconciliación de Dios con los hombres, la promesa de reintegrarlos a su prístina dignidad por los tormentos terribles de la pasión en cruz del Verbo divino.
Quizá en el tiempo de la razón no haya sitio para historias fabulosas, que sólo nos dejaron prosaicos destellos y hábitos amables. Aunque, sin entrometerme en la fe de cada cual, me atrevo a solicitar, al menos, que no se olvide nunca cuánto hay en la fecha de misterio, de sonrisas limpias, de maravilloso asombro, de vida renovada y de bendita esperanza.

 

 

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